Constitución Centenaria: producto de pactos; CDMX estrena la suya

Por Benito Collantes.

Las constituciones son, por un lado, producto de pactos. Por el otro, son normas obligadas que regulan el comportamiento de los individuos y de la sociedad. Así ha sido desde el Código de Hammurabi en la antigua Babilonia, el código de Manú de la India y las leyes mosaicas entre los hebreos; las de México se inscriben en esa tendencia. La proclividad hacia la beligerancia por parte de los hombres, desde que surgió la sociedad dividida en clases sociales, es el punto que impulsa crear ciertas normatividades que rijan las conductas de los individuos. No obstante, aparte de las conducta individuales y colectivas esta también el factor del lugar que los grupos humanos ocupan en la producción de bienes materiales. Unos se apropian del excedente económico y otros lo producen, ocasionado una división del trabajo cada vez más desigual, eso impulsa la necesidad de leyes que regulen esas contradicciones generalmente favorables a quienes detentan el poder económico y esas dicotomías por lo regular quedan plasmados en las Constituciones, que al final, se impregnan de derechos desiguales e inequitativos. Así ocurrió en la época en que Fernando Lasalle redactara su obra: ¿Que es una Constitución? Había que conciliar los intereses de la monarquía y la burguesía emergente en el viejo imperio Prusiano como consecuencia de la revolución de 1848 que había hecho entrar en la escena histórica la presencia del proletariado como nueva clase revolucionaria ascendente.

En México, vivimos una fiebre de constitucionalismo. Por un lado, se celebran los cien años de la Constitución promulgada en 1917, con todo y sus 700 parches que la han desdibujado. Y por el otro, la Ciudad de México, estrena la suya. Ambos documentos tienen sus antecedentes en disímiles situaciones, históricas, económicas, sociales y políticas. La primera la de 1917, se remonta a la Constitución de 1824, inspirada en la Constitución de Cádiz, en los sentimientos de la Nación del generalísimo Morelos, y los ideales independentistas; en la de 1857 producto de la lucha entre liberales y conservadores, de los sentimientos derramados por la intervención yanqui y también basada en los ideales del magonismo, la Revolución Mexicana y de los intereses de la burguesía norteña carrancista y obregonista, que a la postre resultó ser la beneficiaria de ese proceso. Total, la Constitución vino a ser algo así como un glosario de trozos y retazos de demandas de la sociedad, de los grupos de poder y en cierto modo de los grupos sociales.

A cien años de distancia, los cuales son muchos años en que el tiempo ha sellado e impreso en la sociedad mexicana cambios en todos los órdenes que han modificado su fisonomía. Simplemente en cuanto fue promulgada éramos 14 millones de habitantes. El país aún no saldaba su proceso revolucionario. Las diversas facciones de las clases sociales participantes en la contienda se enfrascaban en sendas discusiones para incluir en la futura Carta Magna sus propuestas. La facción campesina de la revolución disminuida y derrotada ya para ese momento con la demanda zapatista de “la tierra es de quien la trabaja” conto con un reducido número de representantes que defieran sus intereses. No así la facción de la burguesía norteña de Carranza y Obregón, aun con sus contradicciones, que después de la convención de Aguascalientes ya había tomado el control del gobierno del naciente Estado revolucionario. La revolución hecha gobierno desde entonces se fue ya para un solo lado: el del poder económico y político de la naciente burguesía mexicana, trasmutada hoy en una endeble plutocracia, con visos de decadencia y descomposición.

En sus avatares la Constitución además de las 700 enmiendas mencionadas, hay que destacar que los artículos más reformados y no es casualidad, se encuentran el 3°, que trata sobre la educación, el 27 sobre la propiedad y la tenencia de la tierra, el 123 sobre el trabajo y el 130 sobre las relaciones Estado-Iglesia. Tan solo los artículos 3 º, el 27º y el 123º, considerados como emblemas de la Constitución Mexicana, han sido modificados, respectivamente, en 10, 20 y 26 ocasiones. Cuando se afirma que la Constitución ha servido para en principio consolidar al grupo en el poder y hacernos creer que hemos vivido un Estado de Derecho. Al respecto, queremos destacas tan solo tres casos. Ejemplos de lo anterior lo constituye el advenimiento al poder de cuando menos tres ex presidentes: Adolfo Ruiz Cortines, hijo de madre española; Adolfo López Mateos, hijo de padre español; Vicente Fox, hijo de padre español. En los tres casos intervinieron las componendas políticas y las enmiendas para posibilitar su ascenso a pesar que el articulo 82 marca o marcaba claramente que el presidente debería ser de padre y madre nacidos en México. En esta última enmienda Diego Fernández de Ceballos, hizo uso de sus buenos oficios de abogado, para favorecer a Fox. Otras reformas a la misma han sido la de 1934 del artículo 3° donde se establecía que la educación era socialista, y coloco a México a la vanguardia educativa; con Manuel Ávila Camacho fue suprimido el termino y quedo como hoy se conoce, estableciendo la educación laica que a su vez fue una trampa para dejar paralizado al maestro en un ente pasivo, pues no podrá desplegar ninguna acción contra el oscurantismo religioso, no valdrá cualquier protesta y dejar hacer y deshacer a los educación privada.

La constitución de la Ciudad de México, producto en esencia de un consenso de las fuerzas políticas del presente, del crecimiento y diversificación de la Ciudad, sin dejar de mencionar el interés político del actual Jefe de gobierno de la Ciudad y los partidos políticos que la gobiernan, con escasa participación y cierto sentimiento de indiferencia de la población capitalina por dotarse de ese documento; máxima ley rectoral de su vida ciudadana. Hace diez años cuando se intentó proyectar la participación ciudadana a través del efímero Movimiento por la Constitución para el Distrito Federal, que logro crear 16 comités constitucionalistas delegacionales, en un intento por propiciar una participación ciudadana amplia, nadie de las fuerzas políticas o figuras políticas, ninguno de los 28 “notables” se apareció entonces, no encontraron el justificante político ni económico que catapultara su impulso. Ahora, con un evidente interés político futurista, si lo hacen, sobre todo como fruto de un acuerdo político desde el Pacto por México y han dado a luz un documento con 76 artículos que pretende ser la ley de leyes de los ciudadanos capitalinos. Hay voces, como la del escritor Fabricio Mejía que sostienen que es una auténtica Constitución neoliberal por eso presento su renuncia, lo mismo, aunque por otros motivos, otros integrantes se alejaron del grupo redactor de “notables”. Y remata Mejía con su opinión: “que, en un principio, creyó que el objetivo de ese ejercicio legislativo “era restringir a los poderosos y ampliar los derechos de los ciudadanos, pero eso no sucedió” De esta manera el afán de autonomía de la capital del país queda limitado a un “bodrio” para muchos, también con retazos y trozos de opiniones, donde no alcanzaron a entrar propuestas como la de ciudadanos universales y ciudades resilentes, ( es un concepto que, aplicado a las ciudades, consiste en que éstas tengan la capacidad para prepararse, resistir y recuperarse frente a una crisis), el voto de los jóvenes desde los 16 años y la propuesta de tener un ingreso decoroso para los trabajadores de la CDMX.

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