Los nuevos constitucionalistas

Por Francisco Estrada.

 

Lo volvieron a poner en la mesa de la discusión. Me refiero al XIII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional, que reunió nada menos que a los autores de las últimas reformas a nuestra Constitución, como Diego Fernández de Cevallos, Manlio Fabio Beltrones, César Camacho, y junto con ellos, ¿cómo qué no?, el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, los cuales una vez más salen con la propuesta de elaborar una nueva Constitución. Iniciativa que se suma a la de un sector importante de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador entre otros, que propone reformar nuestra Constitución, sí, pero para recuperar el texto de 1917. Dos iniciativas similares que en el fondo plantean dos rutas y dos visiones muy distintas de lo que requiere el país para rehacer su maltratado pacto social.

En realidad el tema es viejo. Tiene que ver con el cuestionamiento a las reformas constitucionales –que iniciaron en 1918-, sobre todo aquellas que han sido señaladas como contrarias a su “espíritu original”, y con la manera de subsanarlas: bien mediante la realización de un nuevo Constituyente, porque esa es facultad exclusiva de un Congreso Constituyente, para hacer de plano una nueva Constitución. O bien como plantea AMLO, simplemente restaurando el documento que se aprobó en Querétaro hace ya más de 100 años.

Ahora bien, el proponer una nueva Constitución, o la restauración de la original de 17, plantea el reto de su implementación. Tan simple como que sólo hay dos maneras de hacerlo: una es, de conforme a la legislación vigente, convocando expresamente a un nuevo constituyente, lo que requiere tener la fuerza política o mínimo un acuerdo político entre partidos y poderes para lograrlo. Y otra es, llanamente, la vía armada, una revolución pues.

Descartando la segunda, por razones obvias, la verdad es que, a no ser que en 2018 se tenga un gran consenso nacional en ese sentido, se ve poco menos que imposible. Y si a eso le agregamos, la verdad, que al menos hasta ahora, el tema no es de interés de los ciudadanos, es decir que sigue siendo un tema restringido a un grupo de políticos y estudiosos, su implementación se ve todavía muy cuesta arriba.

En todo caso, habría que buscar, entre todos los que lo proponen, para empezar, más claridad sobre el tipo de Constituyente que se piensa convocar: ¿uno sólo para decretar el cese de todas las reformas constitucionales habidas desde el año 1918, para regresar al texto original de 1917? ¿Uno para discutir y revisar la Constitución actual y producir una nueva que recupere su esencia social, profundizando en ella? ¿O uno sólo para legitimar el modelo de nación neoliberal que se nos ha venido imponiendo por la vía de hechos? Porque una cosa es lo que se ha llamado “el espíritu de la Constitución”, su inclinación por los derechos sociales, el debate que ganó la corriente radical en 17; y otra plantearse un nuevo pacto nacional que implicaría poner a discusión, y someter a prueba, el tema agrario, el obrero, el referente a la explotación de energéticos, el educativo, la relación con las iglesias, etc. que, dado los equilibrios de fuerzas actuales, podría resultar en un texto muy, pero muy distinto al de Querétaro.

Lo otro y lo más importante es quienes la van a redactar. Porque si pasa lo que pasó en esta Ciudad, con motivo de la elaboración de su primera Constitución, mejor pensarlo dos veces.

Más útil sería recordar lo que decían los Constituyentes de Querétaro de su propia obra. Francisco J. Múgica, sobre todo, quien sostenía: “Pero sucedió que la Constitución empezó a deformarse paulatinamente; a algunos estadistas, de los propios encumbrados por la Revolución, les pareció que tenía defectos, y entonces apelaron a las reformas… De esa manera, la Constitución fue poco a poco convirtiéndose en un panfleto lleno de contradicciones, de falacias, y en un arma peligrosa en manos de quien pudiera tener algún día pérfidas intenciones. ¿Qué remedio puede haber para este proceso deformativo de un pacto federal hecho después de una lucha sangrienta y sostenida con calor y con amor y con energía por el pueblo de México? ¡Tratar de restaurarla!”. De eso hace ya 65 años.

Algo distinto de lo que pensaba Lázaro Cárdenas, quien por si alguien lo olvidaba fue el primero que habló de plano de una nueva Constitución. Lo dejó escrito en su diario. La fecha: 26 de diciembre de 1966. Y esto decía: “La Revolución Mexicana iniciada en 1910 y que culminó con la Constitución de 1917, no se ha cumplido en muchos de sus mandatos; estableció principios democráticos para todos los mexicanos pero no señaló límites a la posesión de la riqueza, y con el acumulamiento de millones por una minoría se nulificó el ejercicio democrático del pueblo. No puede haber democracia política sin democracia económica. Esa tolerancia a la libertad de enriquecimiento nulifica los principios de la Revolución… ¿Y cómo resolverla? ¿Con una nueva revolución violenta? Con una Constitución acorde con las condiciones que vive el pueblo mexicano; una Constitución en que todos los sectores sociales estén obligados a cumplirla”.

Sólo que él hablaba de una Constitución de izquierda, socialista incluso. Amplia y precisa, para que no se preste a manipulaciones. Y eso, hasta donde yo sé, no es el planteamiento de ninguno de los actuales proponentes.

No vaya a ser que acabemos haciéndola de tontos compañeros de viaje de los mismos que enterraron el texto elaborado por Múgica, Jara, Medina. Y nada menos que para darle un nuevo aire a la derecha, y al neoliberalismo, fracasados en los hechos.

Por cierto, ahora en los 100 años de la Constitución, ¿Quién recuerda a Múgica?

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