La Constitución manoseada

Por Luis Martín Ángeles.

Los constituyentes de Querétaro, hace exactamente 100 años, trataron de entregarnos a los mexicanos una de las Constituciones más progresistas del mundo. Y si bien, este objetivo fue logrado, los gobernantes sucesivos, y en particular los últimos gobiernos, han trastocado por completo la soberanía nacional, para adecuarlo al saqueo que se hace hoy en día.

El portal web de la Cámara de Diputados1 reconoce y documenta hasta el 15 de agosto de 2016, 229 reformas constitucionales, que involucran 699 modificaciones a los artículos de nuestra Carta Magna. Pero ésta contiene solamente 136 artículos. Es evidente que los cambios superan cinco veces al número de artículos.

En dichas páginas2 también se documenta que los gobiernos que más modificaciones hicieron al articulado, fueron los gobiernos neoliberales de Enrique Peña Nieto (147), Felipe Calderón (110), Ernesto Zedillo (77), Miguel de la Madrid (66) y Carlos Salinas (55) que, en conjunto, representan el 65% de las modificaciones hechas históricamente.

Para desgracia nuestra, casi la mayoría de estos cambios se hicieron para perjuicio del pueblo. Se considera falazmente que los diputados y senadores representan a la mayoría del pueblo, cuando en los hechos, muchos de ellos han ocupado sus curules cometiendo fraudes electorales y coaccionando el voto, aunque la autoridad electoral jamás los reconozca.

Pero los constituyentes, desde 1917, ya tenían prevista la eventualidad de que accedieran al poder de nuestro país gobiernos contrarios a la voluntad popular; y por supuesto, que éstos tratarían de subvertir el espíritu soberano de nuestra Carta Máxima. Así que dedicaron los dos últimos artículos, 135 y 136, para protegerla.

En el primero de ellos se lee: “La presente constitución puede ser adicionada o reformada”. La palabra reformar implica “volver a” (prefijo re-) “formar” algo, es decir, darle una nueva forma semántica, pero siempre para mejorar su comprensión. De ninguna manera puede considerarse por extensión que se refiera a una alteración al fondo o al principio constitucional sancionado, pues eso sería “trans-formarlo”. En ese tenor de ideas, cualquier “adición” a algún artículo se haría preservando en todo momento el beneficio del pueblo a través de la rectoría del Estado como tutor y depositario de la voluntad soberana de éste.

En el artículo 136, por su parte, se decreta: “Esta Constitución no perderá su fuerza y vigor, aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia. En caso de que, por cualquier trastorno público, se establezca un gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tan luego como el pueblo recobre su libertad, se restablecerá su observancia.”

¿Y qué mayor rebelión puede darse que aquélla en la que los mandatarios desoyen el mandato popular, que les da sentido y razón? ¿Cuál trastorno público puede superar al de una camarilla de sátrapas que subrepticiamente se ha enquistado en los más altos mandos de las instituciones públicas?

Nuestra constitución fue una de las más avanzadas en su tiempo, incluso aún hoy en día es salvable, pero hay que rescatar su espíritu original, hacerla cumplir y defenderla.

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